
A los 17 años comencé a estudiar contabilidad en la Ciudad de México y, al mismo tiempo, trabajé en un despacho contable. Desde entonces, descubrí que me apasionaba la contabilidad, ya que es una herramienta para entender la situación financiera de una empresa. Me encargaba de hacer todos los recibos para mi papá, quien tenía una tienda de abarrotes en la Ciudad de México. Allí aprendí a calcular los costos de los productos, como el queso y el jamón, aunque en ese momento no comprendía del todo los detalles de cómo se regulaban los precios.
Llevaba la contabilidad de la tienda, y lo único que sabía con certeza era que, cada mes, había que pagar impuestos y asegurar que los precios estuvieran controlados. En México, los precios de los productos comestibles están estrictamente regulados, y si se aumentan sin justificación, se corre el riesgo de recibir una multa. La contabilidad allá debe ser precisa y concisa. Desafortunadamente, aquí en Estados Unidos he notado que muchas personas no llevan un control adecuado de sus finanzas. Se dedican a trabajar, pero no mantienen un registro mensual de sus gastos, costos o ganancias, ni de sus empleados. En negocios como los restaurantes, por ejemplo, es esencial llevar un control del costo de cada platillo, los gastos generales y la inversión. Eso es la contabilidad: entender si estás ganando, perdiendo o, incluso, evadiendo impuestos.
Aunque al principio no me gustaba mucho porque todo se hacía en papel, cuando llegué a Estados Unidos me di cuenta de que muchos preparadores de impuestos no sabían explicarme detalles importantes, como por qué algunas personas reciben grandes devoluciones de impuestos y otras no, incluso con situaciones familiares similares. Esa falta de conocimiento en los preparadores de impuestos me impulsó a aprender y a seguir estudiando. Aunque ya no soy joven, me esfuerzo por estar lo mejor preparada posible para ofrecer un servicio excelente a mis clientes.
A partir de ahí, decidí vender seguros de vida, aunque no tuve una buena guía. Una vez, una señora me dio la oportunidad de trabajar en su oficina, pero nunca quiso enseñarme, alegando que no tenía paciencia para explicar. Lo curioso es que ahora tengo mi propia oficina, y esa misma señora, con más de 20 años de experiencia, a veces me hace preguntas. La vida da vueltas.
Siempre me gustó emprender. En México vendía enciclopedias por comisión, lo que ahora es casi obsoleto por el Internet. También trabajé como demostradora y en ventas. Cuando llegué a este país, como muchos otros inmigrantes, empecé desde abajo. Por eso, me gusta ayudar a la gente nueva, explicándoles cómo pueden salir adelante, ya sea que tengan papeles o no. Si tienes una mentalidad emprendedora, aquí puedes prosperar económicamente con esfuerzo y dedicación.
Mis pasatiempos son la lectura, especialmente sobre psicología y cómo funciona la mente humana. Me encanta cuestionar por qué hacemos lo que hacemos, por qué vivimos donde vivimos o por qué tenemos a las personas que tenemos cerca. También me apasiona nadar y bailar cumbia, aunque hace tiempo que no salgo a bailar.


